Matrimonio

Matrimonio

Sería lógico, o a mí me lo parecía, pensar que una palabra que suena tan latina como matrimonio y con toda una familia, nunca mejor dicho, de palabras como madre, no me provocaría muchas dudas. Bueno, pues, me equivocaba.

Cuando recientemente salió adelante la normativa que permitía el matrimonio homosexual, básicamente el centro de las diferencias entre los distintos partidos no fueron los derechos que se regulaban, sino el nombre de «matrimonio homosexual». La Iglesia entendía esa palabra como algo propio en el sentido de que es el nombre de un sacramento. Y ahí empezó la polémica, dado que otros argumentaron que la palabra es anterior al sacramento. Naturalmente todos acudieron a la etimología y parece ser que hubo bastantes opiniones encontradas, o mejor dicho, desencontradas.

  • Lo más aceptado es que matrimonio venga del latín, de las palabras  ‘múnuseris’ (oficio, función, obligación, cargo) y ‘mátertris’ (madre). Entonces matrimonio sería algo como oficio o funció de madre.
  • Parece que ya es rizar el rizo hablar de una etimología que sería latino-greca: “Mater-Monos”. Pero también es cierto que existe el verbo ‘móneo’ (hacer pensar, aconsejar, recordar, exhortar). Hay que tener en cuenta esa tendencia a hacer de educadora moral que casi siempre ha correspondido a la madre (y a tantas mujeres, aún sin tener hijos   🙂 ) No parece que esta acepción acabe de convencer.
  • El término ‘madre’, mater,  tiene el mismo origen que ‘materia’ (aquello de lo que algo está hecho, o con que algo se hace). Esto… No sé si tendrá mucho que ver pero me parece muy interesante. El latín tomó del Indoeuropeo el lexema “mater“ que no solo significaba “madre”; de hecho, en esa misma lengua dio lugar a “Materia” de donde procede también la palabra española “madera”.
  • “Mater, también podría componerse del lexema indoeuropeo “Ma-” que sería“Mamar” y la desinencia “Ter” que indica acción. Algunos afirman que “Ma” es lo que parece decir un bebé buscando mamar. Quizás por eso una lengua no indoeuropea,como es el chino, tenga una voz que suena como a “Mamá” con el mismo significado que tiene aquí.

Quizás sí o quizás no. Lo que suena plausible no siempre es una explicación científica.

Lo más importante sería que:

Matrimonio  hoy es unión legítima y jurídica de una pareja, pero en latín eso se llamaba connubium.

La palabra matrimonium en origen es el estatus de una mujer casada y la maternidad legal, el derecho a ser la madre legítima de los hijos de un varón, y todo lo que de esto se deriva. El plural, matrimonia, era el conjunto de las mujeres casadas: las casadas.

Llevar in matrimonium, al matrimonio, a una mujer (a la condición de esposa y madre legítima), se ha entendido como boda legal, pero no era así. Repetimos. Matrimonium era el estatus de la mujer casada. No de ambos.

Sabido es que hay muchos que han sabido usar el matrimonio para llegar al patrimonio, así que otro día entraré en esta palabra.

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Unidad de cuenta.

Unidad de cuenta.

Me molestaba enormemente que la relación con Susana no estuviera bajo mi control. Y menos tras un viaje tan largo, después del cuál, no tenía la menor sensación de haber hecho progreso alguno.

Susana, no la llames Susi, que dice que no puede con eso, no era la chica más atractiva que yo hubiera visto nunca. Tenía eso sí, una buena estatura, y una coleta de pelo negro, brillante, lo que para mí es un signo distintivo de ciertas españolas. Un buen pelo, habla de generaciones de bienestar, esa es mi opinión, por no decir, mi superstición, ya que no tengo ningún conocimiento que avale esa teoría. Pero sí, hay algo típico de las españolas de acomodada familia provinciana que hace que les queden mejor de lo normal los lacitos, y eso es el pelo oscuro y brillante, de aspecto sano.

Susana era una chica con influencias. Era un rival en mi trabajo de directivo y yo sabía que ella tenía las de ganar porque su familia estaba metida hasta las cejas en todos los asuntos de la empresa para la que trabajábamos. Las melenas de mis hermanas no eran menos brillantes ni sus coletas menos espesas… Pero eso no tenía traducción en mi influencia en el Consejo de Dirección de la empresa. Había algo peor. Yo era un joven inmaduro, lleno de contradicciones. Ella en cambio era una chica un poco gordita, pero lista, rápida y tenía las cosas muy claras. En algún momento llegué a pensar que aquella noche podría servirme para firmar un armisticio respecto a la sutil guerra de guerrillas que entre nosotros existía. Bueno, sutil por mi parte, ya que yo era el que no tenía relaciones especiales allí y necesitaba ser más prudente. Por su parte la guerra no era nada sutil. Era absolutamente vergonzosa para ella misma… bajo mi punto de vista, claro, porque en realidad a ella le importaba un pepino si estaba bien o mal.

Aquella noche volvíamos de un viaje de avión bastante pesado. Si no recuerdo mal veníamos de Bruselas. Al llegar al aeropuerto de Barajas, tomamos un coche de alquiler para dirigirnos a la ciudad en la que ambos habitábamos.

Qué puedo decir. Era un viaje de noche en coche con una mujer, que no sé si he dicho ya que no era la más atractiva que había visto nunca, pero yo es que en aquellos tiempos era muy adaptable, y mientras colgaba mi brazo del volante del coche de alquiler exhibiendo un aire casual y desenfadado, y la música de la radio sonaba dulzona, casi empalagosa, yo traté de poner mi voz más convincente, hacer mis pausas más interesantes, y compartir cigarrillos. No era fácil tratar de conseguir cambiar la hostilidad interesada de una enemiga de trabajo con tan solo unas pocas horas de coche. La luna decoraba el momento hasta el punto de que parecía que la había encargado yo. Tanto es así que cuando le comenté que ese cuarto menguante parecía más grande de lo normal, me esforcé en que pareciera un comentario intrascendente, que no era cosa que yo hubiera puesto ahí a mala idea, con alguna aviesa intención relacionada con ella. Y es que yo me sentía culpable. Y además, me temía que ella estaba bien preparada. Quiero decir, mal predispuesta contra mi.

Alcanzamos un punto en el que su lengua se empezó a soltar un poco. Decía tener mucha prisa por llegar a su casa porque había quedado con unos amigos. Pero aparte de eso, que era como una amenaza, como un “no te creas que estoy pensando en otra cosa que no sea llegar a tiempo para ver a mi gente”, la niña de las carnes prietas empezó a ser casi simpática. Lo cómoda que ella estaba en una conversación yo sabía bien cómo medirlo. Se medía en ales, El «al» es la unidad de cuenta del entusiasmo de todas las Susanas que en nuestra tierra habitan. Y Susanita, perdón, no le llamemos así, que no puede con eso, por ejemplo, si dice que algo esta muy bien es que la niña no está tan cómoda como si dice un -al, por ejemplo: “está fenomenal”. Si las susanas dicen en una misma frase dos ales, esto es, dos palabras acabadas en -al, es que la cosa va muy bien. Por ejemplo, «yo no sé por qué no le parecía fenomenal, porque a mí me parece genial y que a él no le guste, me parecía fatal”. Estaríamos ante tres ales en un mismo comentario. Eso implica que la niña tonta de pelo brillante se encuentra… ¡ideal!

Bueno, pues ella estaba muy muy suelta y mostraba un gran entusiasmo expresado en ales; la luna acompañaba; no se podía escapar corriendo si yo me manifestaba encantador porque conducíamos a unos 140 kilómetros por hora. En teoría todo estaba a mi favor, pero realmente tratar de echarle los tejos a una compañera de trabajo hostil como aquella era muy imprudente que pisar más el acelerador . Quién sabe cómo podría llegar a contarlo en la oficina.

Al llegar a la ciudad, abandonamos el coche en un aparcamiento de Rent a Car, y ella me dijo:

-Ya no llegamos a tiempo para que vea a mis amigas. ¿Me acompañas a ver si están en un sitio al que suelen ir?

-Vale, te acompaño.

Me extrañó que una chica de lazo de terciopelo en la trenza que se expresa con tantos ales me metiera en un antro oscuro lleno de punkies, pero así fue. Muy poca luz, mucho humo de tabaco, mucho olor a porro, música heavy a un volumen de los que producen daños irreversibles en el oído, sino en el hígado quizás, o en cualquier víscera, porque me vibraba todo. La pinta que tenía el

personal de ese bar era tal que en cuanto pedí un par de cubatas convencí a Susanita, bueno, a Susana, que no puede con eso de Susanita, de que donde mejor estaríamos sería cerca de la puerta de salida. Todos los tipos que por allí había, no es que llevasen piercings. Podría decirse que habían robado una cacharrería y se la habían repartido entre todo esa banda. y distribuido todo por las orejas, párpados, los brazos, nariz, lengua… Y también de la ropa, claro. Lo mismo encontrabas  un despertador, que una regadera, muchísimas cadenas, que eso era de lo más punk que había en

aquellos años ochenta, algún recambio de la Vespa. Como árboles de Návidad, pero sin parecer navideño exactamente. Navajas, tijeras… Pelos de colorines imposibles, peinados con cresta, ojos de tíos pintados como puertas, en fin… ya sabéis.

¿Qué pintaba allí aquella chica? ¡Para que te fíes de los ales!

¿Continuará?

Si lo quieres continuar tú…

Quién puede continuar este relato.

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Los cereales crecen

Los cereales crecen

Cada palabra tiene una historia y esta no ha acabado. Sigue evolucionando y creciendo continuamente. Y ya que hablamos de crecer, que es una palabra de uso muy corriente,  vamos a ver qué se sabe de ella.

Si eres aficionado como yo a las palabras, crecer te parecerá un término que suena muy latino. Lo es, pero el latín no surgió por generación espontánea. Se cree que el verbo latino crescere proviene de la raíz indoeuropea Ker. Por otro lado la terminación en scere suele indicar un proceso y nos ha dejado en español palabras padecer, fallecer, adolecer, etc.

Hay muchas palabras interesantes que proceden de esta raíz indoeuropea. Por ejemplo:

  • crear.
  • criar
  • recreo
  • recrear
  • procrear

La lista sería muy larga. Parece interesante mencionar palabras como criollo, que eran los hijos de los africanos y de los europeos ya nacidos en América. Vendría del verbo criar, como criado. No confundir criollo con mestizo (mezcla de europeo) o con mulato (mezcla de africano, que vendría quizás de mula). El idioma arrastra las huellas de algunos de los peores defectos de nuestros antepasados.

Críos, es como mencionaban  los españoles a sus hijos nacidos en el Nuevo Continente.

Bueno, ¿Y qué más?

He visto por ahí que la palabra cereal podría venir de esta misma raíz. Pero también sabemos que existía la diosa Ceres, que para los romanos era la diosa de la agricultura y de la abundancia. ¿Parece lógico conectar también el nombre de Ceres con la raíz Ker? 

Pues si es así, será muy adecuado decir que en primavera los cereales crecen y después añadir eso de… ¡Valga la redundancia!

Photo by Por los caminos de Málaga

Obras y flotar

Obras y flotar

Me siento ante mi ordenador. Inmediatamente empiezan los golpes en el techo como si los activase mi peso en el sillón. Pero no es eso. Es que hay obras en el piso superior. Subo a preguntar y me dicen que durarán probablemente tres meses más.
 
Bajo con esa insensibilidad con la que mi mente se defiende algunas veces de los golpes que recibo por arriba y por abajo. Esto no me detiene. Sigo impasible. Alguna influencia tendrán estos ruidos en lo que escriba, eso es seguro. Quizás el resultado sea interesante. ¿Qué podría inspirarme esto? ¿La vida es como un martillo pilón? ¿Nuestra existencia está siendo continuamente taladrada por hostilidad gratuita? ¿Mantenemos nuestro ritmo mientras el tiempo nos clava a la pared? Bueno, creo que se me ocurrirá algo mejor… Algo peor, no.
 
También me acuerdo de ti. De nuestra conversación especial. ¿Notas que ha sido especial? Entre golpe y golpe de mazo en escoplo, entre rugido de brocas y pulidoras, vuelvo a estar bien. Sí, me siento bien. Hay una burbuja grande y confortable a mi alrededor y yo floto en ella en postura de mecerte en una buena hamaca. Manos detrás de la nuca y piernas estiradas con los pies cruzados. Subo y bajo ligeramente sin chocar con nada en mi despacho. Mi ordenador me sigue, volando suave, a dos centímetros de las yemas de mis dedos. Es una burbuja insonorizada. No sé si la ha creado mi propia mente o me la ha generado la tuya. Nuestras conversaciones serán las que me induzcan quizás este placentero estado de microgravedad que hace inaudibles todos los impactos, todos los golpes, todas las demoliciones a mi alrededor. Estoy agradecido al mundo y a ti, porque siento que ambos estáis uniendo tu imaginación y la mía. Allá sigue la cortadora de bloques de hormigón generando un estruendo de aviones de la Segunda Guerra Mundial; pueden rascar los cepillos para encofrados; amenazar las cizallas; bombardear las pulidoras en pugna con las machacadoras y los picos; que rujan las trituradoras; que me claven el bisel de los escoplos en el cráneo. «Allá mueran ciegos reyes… «. Que yo floto en mi burbuja mientras algo o alguien trata de hacer que se desmorone mi techo. Pero yo sigo bien, escribiendo y pensando en ti. Estoy libre de cardenales en cuerpo y alma. No me duelen contusiones claras. Siento eso sí, en alguna coordenada más o menos próxima al miocardio, una leve punzada, reacción por algún aumento de secreción de adrenalina, casi imperceptible salvo para alguien como yo de inclinaciones introspectivas. Es como una llamada lejana en el monte, que uno no está totalmente seguro de haberla oído, de tan tenue. Esa suave reacción nerviosa significa un aviso, una advertencia, como un poco de miedo pequeñito, pero casi nada, todavía lejano. Un pánico casi insignificante… Está dentro de mí, pero lo sitúo mentalmente fuera de la pompa sensorial que me columpia como a un bebé y me aísla de la destrucción que me cerca. Solo será una vaga inquietud. Acaso un recuerdo, a medias sobrevenido, en los límites del subconsciente. Quizás es solo el café. No será un augurio. No será un peligro. No será una advertencia. No será nada. Sigo flotando tranquilo.  A pesar de los golpes, soy muy feliz. 
Y en este mismo instante, en que los martillazos se han detenido en momentánea tregua, me doy cuenta de que despierto de mi sueño de ojos abiertos. Me estiro un poco, tú me lo disculparás, y me pongo a trabajar. Sigo feliz.
Soy feliz.
En camisa de once varas

En camisa de once varas

El otro día estaba tomándome un café en una terraza. Un día de sol espléndido, una zona peatonal y tranquila. Saqué mi bolígrafo para escribir un rato. Esto es para mí la definición de felicidad. En esto que llegaron un grupo de personas mayores. Las señoras apartadas a un lado, sin parar de hablar. Sobre todo una señora muy maleducada, vestida con una especie de delantal, y dotada de un afán de protagonismo desmesurado que no permitía intervenir a nadie más. Era algo así como la anciana líder del grupo. Los señores al otro lado, con cara de resignación, ya que las damas hablaban tan alto que ni juntándose entre ellos podías evadirse del parloteo de sus mujeres. En un momento de la conversación, la jubilada líder comenzó a explicar cómo le había tenido que poner los puntos sobre las íes a su nuera, quien, en su opinión, pretendía meterse demasiado en la vida de su hijo, y allí estaba su señora madre, que tenía muchos «remangos» para impedírselo. Y la señora, que parecía estar dando la explicación para que le quedase advertido a todo aquel que estuviese cruzando la plaza en ese momento, nos contó que le dijo a su nuera, a la que desde aquí aprovecho para mandar mi mensaje de solidaridad:

-Oye, nuera. Te estás metiendo en camisa de once varas.

Su marido debía de ser uno que estaba con las manos apoyadas en su bastón, y que por fin, no lo pudo aguantar.

-¡Pero Paca, cómo es posible! ¡Qué sabrás tú lo que es meterse en camisa de once varas! Si te estás metiendo en la vida de un matrimonio. ¡Déjales ya, mujer!

-¡Claro que sé lo que significa meterse en camisa de once varas! ¡Lo que estás haciendo ahora mismo! ¡Tú a callar, que los hombres no entienden nada!

Total: que al parecer se metían en camisa de once varas, la nuera, su suegra y hasta su marido. Y yo también, aunque involuntariamente, que ya me sentía un miembro más de aquella desagradable tertulia. Me apunto para otro día buscar la etimología de la palabra arpía, palabra un poco misógina seguramente.

«Meterse en camisa de once varas» es una frase cuyo origen es medieval, casi como la señora ésta de la que estábamos hablando. Al parecer, cuando había una adopción, normalmente por parte de algún religioso, era tradición una ceremonia en la que el padre adoptante, metía al bebé por la manga de una camisa muy amplia, y lo sacaba por el cuello de la camisa. Como si fuera un nuevo nacimiento. Muchas veces las adopciones no salían bien, sobre todo cuando se adoptaban niños o niñas creciditos o incluso adultos. Se metía uno en la camisa (quizás no de once varas) y salía en una casa que no era la suya…

Esta especie de rito era más o menos parecido en otros países, desde Portugal hasta Turquía generando similares expresiones, que significan aproximadamente meterse uno en asuntos en los que no tiene por qué entrar. Una vara era un patrón o medida algo más corto que el metro actual.

No podemos recomendar al hijo y la nuera que sacudan con las once varas las posaderas de la suegra, porque no somos partidarios de la violencia y sería además políticamente muy incorrecto. Con la familia, solo cabe contemporizar o salir huyendo.