por Enrique Brossa | 13 13+00:00 Jun 13+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Antes de irme a dormir quiero deciros que hoy me interesa mucho una palabra y me voy a acostar sin haber logrado quitármela de la cabeza. Es la palabra “planetario”. No me refiero al sitio donde te cobran la entrada para ver un montaje con los astros del sistema solar. Tampoco me refiero a la acepción de planetario como sinónimo de global o mundial. Me refiero a algo que me evoca eso de lo que no somos conscientes: que habitamos un planeta suspendido en el espacio vacío; que orbitamos alrededor de un astro que parece que vaya a acabar por encendernos; que estamos presos en una inmensidad apabullante.
Unos de mis primeros recuerdos de infancia evocan un suelo de cemento bajo el sol de agosto, una hormiga y una lupa. Era el chalet de mis padres. Un estío pesado como el plomo. Con la lupa aumentaba los rayos solares y los proyectaba sobre la espalda de la hormiga que andaba despistada sobre un cemento casi blanco que reflejaba toda la luz y el calor del sol. Aquel calor sobre mi cabeza me fue relajando y entré en una especie de trance que favorecía mi obstinación.
La víctima no se estaba quieta ni un momento y era muy difícil mi tarea. No sé cuánto tiempo estuve persiguiendo al animal. Quizás varias horas. Mis hermanos mayores tenían todos que estudiar y yo estaba sin más compañía, torrando a mi diminuta amiga. Era mi juego solitario de aquella mañana. Me costó paciencia pero, al final la hormiga prendió como una cerilla, haciendo el mismo ruidito característico, pobre bestezuela, y un hilo de humo que olía de un modo especial, a pollo socarrado, entró por mi nariz. Eso me ocurrió. Aspiré a la hormiga sin querer. A los pocos minutos me metí en la casa y la encontré muy fría. La cabeza me dolía de un modo insoportable. Mi madre enseguida notó algo raro y me toco la frente. Me desnudaron, con la ayuda de una señora limpiadora, y me pusieron hielo en la frente. Mientras había estado empeñado en convertir a la hormiga en humo con el peculiar sistema de la lupa, yo había sido víctima de una insolación. Estaba con cuarenta grados de fiebre. Tiene moraleja la cosa. Yo creía que si me encontraba mal era por respirar el humo de la hormiga incendiada, pero en realidad el quemado era yo. Esto daría para reflexionar.
¡Ah, bueno, lo de la palabra planetario! Pues que el cemento era de una rugosidad planetaria. El calor era planetario. En la cara de la limpiadora había un maquillaje de un espesor planetario. La soledad de la hormiga sobre el cemento, era una soledad muy planetaria. Los haces de luz concentrados por el cristal de la lente, eran planetarios. En un día de calor, como aquella vez de mi infancia, todo es muy planetario. No lo parece, pero si te fijas bien, percibirás que hay un ambiente planetario… en todo el planeta. Si te parece que estoy diciendo simplezas planetarias, creo que suscribo totalmente ese punto de vista.
Volviendo a la tortura del pobre bichín: quiero poner la palma de mi mano derecha sobre mi pecho, junto al corazón, y así, como un presidente norteamericano, o mejor, como un presidente planetario, rendir un homenaje a aquella hormiga de cuyos antecedentes ni sabía ni supe jamás, pero que involuntariamente entregó su vida para que yo pudiera aumentar mis conocimientos demostrando científicamente lo que había oído decir a niños mayores que yo. Que con una lupa se podía hacer fuego.
¡Cuánto y qué importante aspiré de la sustancia de aquella hormiga! Esnifar esas microparticulas de ácido fórmico que flotaron por un segundo en el aire quizá me convirtieron en el hormiga solitario que soy desde entonces. ¿Era una hormiga explorador? Algo de eso tengo yo. ¿Era una hormiga perdida en el hormigón? Como yo. ¿Era una adelantada, la vanguardia de la marabunta que se acercaba rugiendo como en la película de Charlton Heston y la tentadora Eleanor Parker? ¿Un himenóptero inadaptado y despistado? ¡Igual que yo! ¿Se trataba de un formícido existencialista? ¡Cuánto me marcó aquella luz, aquel calor, ese espacio vacío… esta soledad!
El niño que jugaba con las hormigas. Algo en mí me lleva a regresar siempre al recuerdo de ese día, sofocante, angustioso, magnífico… y planetario.
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por Enrique Brossa | 6 06+00:00 Jun 06+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Vivir, vivir, vivir… ¡Qué manía con vivir! ¡Como si no hubiera nada mejor que hacer! ¡Piensa en alguna otra cosa, en vez de pasar todo el rato viviendo! ¡Sin parar de existir a toda costa! ¡Pero qué empeño es ese!
Vivimos tanto que nos tenemos que ver continuamente repitiendo errores. ¿Para qué? Necesitamos un sistema de obsolescencia planificada, como cualquier producto de hoy en día. La vida es larga. Yo sé que todo el mundo se empeña en decir lo contrario e interpretarán que trato de incordiar con estas sentencias que nadie comparte, pero insisto: la vida es larga, es demasiado larga. No estamos pensados para resistir tanto. No lo digo por las prótesis dentales, o los problemas en cervicales y las artrosis, sino por cosas más importantes, más aún que el alzheimer. Por ejemplo, la alopecia de los hijos. ¿A algún padre le gusta ver cómo su hijo se queda calvo? No. A los hijos se les quiere ver crecer, pero no envejecer y menos empochecer. No tiene ninguna gracia. Sobran años a nuestra vida. Por eso interesa casarse tarde; que no sea fácil ver ajarse a los niños. Y hay que suprimir la cotización obligatoria a la seguridad social. A mí que me dejen morir cuando diga la naturaleza, porque al natural todo da mucho más gustito, como decía siempre una amiga del colegio.
Tengo un hijo todavía pequeño. No quiero saber de sus divorcios, sus paros, ni sus declives. Quiero fallecer cuando él esté en pleno apogeo, y me traiga un nieto, como espero que habrá hecho para entonces el resto de mi descendencia.Y entonces ya, dejar de respirar, hombre, que ya llevo mucho con eso. Siempre aire para fuera, aire para adentro; aire para afuera, aire para adentro… ¡Ya está bien! Dejar de palpitar por fin, no durar más y poder dedicarme de una vez por todas a otras cosas. Porque si te paras a pensar, descubres que vivir no te deja tiempo para nada más.
Photo by volante
por Enrique Brossa | 15 15+00:00 May 15+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Tengo mi cabeza en las manos
y mi vida en las tuyas,
que son ingratas y frías.
El remolino que hoy me engulle
comenzó tragarme cuando nací.
El gran sumidero,
contra el que nada puedo,
es una agonía que se demora,
empujada por una corriente de aguas implacables.
Señor, qué lento es perder.
Tengo mi cabeza en las manos
y mi tiempo en las tuyas,
que no tienen dedos para acariciar
sino hierros para descorchar.
Has abierto en mí un gran boquete
donde quepo yo entero dentro de mí.
Dios, cuánto se tarda en caer.
Tengo mi cabeza en las manos
y mis vísceras en las tuyas:
indignas. egóticas. Solo quieren golpear.
Oigo el murmullo de mi sangre al abandonarme.
Por qué, por qué tardo tanto en descansar.
Tengo mi cabeza en las manos
y no me la debo arrancar.
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por Enrique Brossa | 9 09+00:00 May 09+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Es una mañana normal, pero mi mujer ya me ha advertido que prevé que tenga el día surrealista. Pero no. Me siento como siempre. Solo un poco circunflejo por la zona del plexo solar, que me pica un poco desde hace días.
Hoy me ha parecido que sonaba el despertador. No habría sido raro que un despertador sonase si fuera un despertador de otro. Pero mis despertadores no suenan sino que bailan la danza del vientre. Los sonidos son como filos metálicos y tan solo pueden producirme un cierto tipo de espuma corporal de origen desconocido. Las armas blancas, o más o menos blancas, hieren, como los sonidos matinales, o como los niños. Un despertar con alarmas es un peligro serio de morir ensangrentado. En cambio, la danza de las cosas no produce corte alguno, sino una cierta sensación de debilidad, de mareo, de hambre, de desmayo como dice una amiga, y de haber perdido las gafas en el retrete.
Recuerdo otra vez que también tenía picor de plexo. Aquella era una mañana normal, como esta, y todos los objetos estáticos que había a mi alrededor se contoneaban como putas sin desayunar. También las paredes, la cama, y el contenedor de residuos que utilizo de almohada. Seguramente te habrás preguntado qué tiene de especial el meneo de las prostitutas en ayunas. Es una preocupación absurda por tu parte, con las cosas sin sentido que te estoy contando. La cuestión es que el suelo tiene un orinal en medio que es el como el ombligo de la tripa de la mora. Un bacín que se resbala de lado a lado de la estancia debido a los movimientos peristálticos del parquet y, cuando topa con algo, lo empapa de cervezudo y rebosante ácido sulfúrico, o quizás solamente úrico, sin sulf.
Me acurruqué abrazando mi contenedor de brozas y desperdicios, hasta que éste empezó a bramar con sonidos sumamente puntiagudos, de modo que no tuve otro remedio que acudir corriendo al cuarto de baño y producir un bidón de los grandes entero de compost, logrando tal proeza en menos tiempos del que tardan los monos en fornicar. De ahí a la ducha se llega por una escalera automática de caracol. Yo ando hacia arriba pero la escalera siempre me deja abajo. Una vez ya me pasó que, desesperado por la impotencia y el cansancio de no poder subir, me morí allí mismo, a los pies del caracol, que pese a ser el culpable, lloraba por las antenas. Gracias a eso me pude duchar por primera vez bajo dos alcachofas, o regaderas, como dicen mis amigos ultramarinos. Tantas fueron las lágrimas vertidas. ¿Para qué verter y verter? Además: el despertador, ni lo tengo ni funciona.
Y al pensarlo… lo siento. La mañana está quebrada, desde el centro hacia los lados, como el espejo de una puta. Sin desayunar, además.
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por Enrique Brossa | 25 25+00:00 Abr 25+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Quiero protestar por el sexismo femenino de baja intensidad, que es el más peligroso.
Los fines de semana por la tarde, en Antena 3, ponen después de comer unas películas de psicópatas, de esas en las que el guionista no se lo curra mucho. Generalmente es siempre lo mismo. Uno es asesino, porque sí, porque le da por ahí, porque está tarado, y sin demasiadas explicaciones, para qué nos vamos a complicar, deben de pensar los productores. Quizá una leve mención a una infancia difícil, y ya está, con eso queda justificado que el tío se ponga a matar todo el rato. La víctima es siempre una mujer, y es la protagonista, claro, son películas destinadas a mujeres… El marido es siempre medio tonto. O el malo. Sin embargo, en estas películas no falta alguna escena calentorra en la que entran al apartamento y se cepillan a la protagonista detrás de la puerta del recibidor, tal es la pasión que no llegan al sofá o la cama, por ejemplo. El varón tiende a ser adúltero en esas películas, como si para fornicar no hicieran falta un hombre y una mujer, uno se queda con la idea de que los hombres lo hacen más, casi todo el tiempo, y porque estamos salidos, y que ellas lo hacen menos y generalmente por amor. Pero eso sería como si 1+1 fuera = 1. Pues no. 1+1=2. La mujer necesariamente estará allí también… sumando con el otro como una descosida. ¡Ah! Pero es que la amante de él es una mujer enamorada, en el fondo una buena pobre chica, engañadita ella, mientras que él, él… ¡Él! ¡Aj, qué asco nos da! Él es un indeseable marido infiel y egoísta que no quiere a ninguna de las dos y que acabará golpeando a la protagonista y a tres o cuatro mujeres más que vayan apareciendo. Los policías también suelen ser tontos y al principio no hacen caso a la mujer. Pero al final los polis quedarán admirados de la fuerza de carácter de la dama. «Es usted toda una mujer». La heroína da mil vueltas a todos los varones, encima «es mona y tiene mucho estilo» como dicen. Resuelve el caso, y hasta suele vencer físicamente al malo (y eso que es un maromo de gimnasio), porque en el forcejeo encuentra algo al alcance de la mano, muy convenientemente olvidado, con lo que golpear en la cabeza o trinchar al agresor como si fuera un pavo. Este agresor también puede ser «una mala», que toma la forma de rival femenino que trata de arrebatarle el bebé o el marido. ¡La muy… ! Respecto a los hijos, ella los protege, por supuesto. Se da a entender que los hombres no queremos tanto a los hijos como lo hacen las mujeres. Si no fuera por ellas… Eso es algo que realmente me molesta hasta el extremo de que, si me sobrase el tiempo, movería la idea de que esa imagen sexista es realmente nefasta para los hombres, las mujeres y sobre todo para los niños, y debería quizás ser llevada a tribunales.
Los hombres no somos tan tontos, ni tan insensibles, ni tan violentos, ni tan lascivos, ni tan malvados. Solo un poco de cada, pero nada más. De hecho, si las mujeres que ven esas películas fueran tan listas… ¡No verían esas películas! Adivinarían todo lo que va a ocurrir ya desde el minuto tres, porque es ¡¡totalmente previsible!! El malo muere en el último momento o es detenido por la policía. Bueno, algunas veces, cuando la heroína es atacada, en vez de salir a la calle, que a cualquiera nos parecería lo lógico, sube las escaleras de su casa, hasta donde no hay escapatoria. ¿No es absurdo? Sin embargo, eso va bien ya que el psicópata acabará por caerse por el hueco de la escalera o por la terraza (se ve que las barandillas norteamericanas son bastante frágiles) y se clavará algo punzante, lo que todos tenemos debajo de nuestras terrazas, como un tridente, un monolito afilado de adorno, un perchero puntiagudo, o bien un cuchillo de cocina que llevaba en la mano. Y por supuesto, entonces sangrará por la boca. ¡Muerto! Ese hilillo de sangre desde la boca, nunca ha fallado. Si hay hilillo, está muerto. Definitivamente.
¡Bueno, no! Hay veces que se despierta para darnos otro susto y hay que volver a matarlo.
En mi opinión, las películas para mujeres, como las novelas para mujeres, las revistas para mujeres, etc. no destacan siempre por su relevancia intelectual o artística y son un mal síntoma de la situación de la mujer. O son retrógradas o forman parte de un sexismo femenino de baja intensidad, que no chilla, pero ahí está. El verdadero índice de la integración plena de lo femenino en el mundo debería consistir en que una escritora, por ejemplo, escribiera desde su punto de vista algo que fuera de interés para todo tipo de gente, de cualquiera de los sexos que hay. Los idiotas pertenecen al mundo. No a un país, ni religión, ni género. ¡Al mundo! Porque tal como mis hijos hacen con el foie gras y las tostadas, sin descuidar las esquinitas, Dios ha extendido a los tontos de modo uniforme por todo nuestro planeta, sabrá Él por qué, esmerándose en que no falten ni en el más remoto rincón. No es cuestión de sexos. La mujer debe ejercer y ampliar sus miras y su mundo. Los hombres os estamos esperando, pero algunas no vienen realmente, aunque digan ser feministas. Venid, chicas, hacéis falta. Hay un plano para mentecatos de cualquier sexo donde deberán caber montones de hombres y de mujeres, y otro mundo para los y las que no quieran serlo, y será muy aburrido si faltáis vosotras o no estamos nosotros. No aceptéis productos para mujeres, salvo que sean estrictamente necesarios por motivos físicos.
He conocido muchas mujeres inteligentes, y frecuentemente dicen: «para algunas cosas soy como un hombre». Lo juro y lo repito. Muchas veces he oído esto mismo. Eso sí que es un estereotipo que deben superar. ¿Las mujeres inteligentes dudan de su identidad puesto que no ven «Sálvame de Luxe»? Lo que les ocurre es que no se identifican con cierto tipo de mujeres o no participan de los aspectos más simplones del estereotipo, del tópico femenino.
Pero de eso no se nos puede echar la culpa a nosotros los hombres. Porque, salvo en ese tipo de películas, no todos los muertos son nuestros. Y todos los despistes, tampoco.
Postdata
Hablando de escritoras: en DesafiosLiterarios.com hay escritoras (y escritores) magníficas (y magníficos) que escriben cada semana y que nadie debería perderse.
por Enrique Brossa | 18 18+00:00 Abr 18+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Había perdido el sentido del humor y el deseo de salir. Estaba frío. No estaba triste, se sentía bien, generalmente bien, salvo en momentos concretos, muy poco frecuentes. Había aprendido eso de gestionar emociones. ¡Por fin! Ciertos sentimientos habían quedado atrás. ¡Ya era hora! Estaba listo para trabajar y descansar hasta la jubilación. Sin complicarse la vida: hacer lo posible por sus chavales; darse algún capricho; buscar una afición, como la fotografía, el golf o el tute; integrarse en una sociedad a la que consideraba demasiado simple, luciendo su éxito económico, que no era nada como para salir en los papeles… Envejecer, pasear… Ir quedándose solo, poco a poco a medida que sus hijos emprendiesen su propia vida. Hacer regalos en las fiestas familiares, pasar algún dinero para ayudar a la compra de tal o cual piso. Envejecer más, pasear más… Algún perro quizás entraría en su vida. Un perro grande, un amigo leal. Saldrían juntos a sentir el sol, o la noche, o el frío, o lo que fuera tocando.
Seguir envejeciendo, seguir paseando…
Siempre había disfrutado leyendo la prensa en los bancos, pero presentía que el desinterés se iría apoderando de él porque ya nunca había nada nuevo bajo el sol. Las noticias pertenecerían poco a poco a personas más jóvenes comparados con él. No podría darles importancia a esos seres, mezquinos igual que siempre, pero de inferior experiencia y cultura cada vez. LLegaría el día que no podría leer la prensa ni escuchar las canciones porque, tal como él lo percibía, el mundo se convertía poco a poco en un ecosistema de niñatos. Desde que se separó de su mujer, quedaban, eso sí, algunas compañías femeninas, que le daban una cierta ilusión de juventud retenida de la que jactarse. Se dejaba querer. Todo ello en conjunto, podría parecer triste al explicarlo, pero los años le habían ensanchado las espaldas, y podía mirar todo aquello de frente y con optimismo. Llamó a su último amorío de galán trasnochado. Una con la que estaba saliendo quizás más de la cuenta. La verdad es que ella era especial en algunos aspectos. Se sentía comprendido. No tenía nada de tonta. Conversar con ella le encantaba, era su mejor entretenimiento. Pero aquel día no se puso al teléfono. No le costó demasiado trabajo matar el rato con otra cosa.
Tres días más tarde, él le había hecho muchas llamadas y enviado correos electrónicos. A cambio había recibido respuestas lacónicas. Estoy muy ocupada. Ya nos veremos.
Él se sentía fuerte, Capaz de encajar cualquier golpe, absorber todo tipo de venenos sin pestañear. No sería ningún problema lo de aquella mujer que claramente quería poner fin a su relación. Por algún motivo ella no se sentiría suficientemente mimada y contemplada. Ya se sabe cómo son estas cosas… Notaría un poco su ausencia durante un día o dos y después… ¡No necesitaba de nadie en este cochino mundo de ratas! Solo al tiempo, para que le lleve.
Pasaron los días. Hizo muchas gestiones de trabajo, se compró algunas cosas en centros comerciales, caminó… Leyó. ¡Hasta vio televisión! Se distrajo con otras señoras, que fueron con él tan amables como la anterior…
Por cierto. ¿Y la anterior? Un día le dijo que no quería verle más. Que quería olvidarle completamente. Hasta él mismo se sintió fatuo, por creerse tan importante para aquella mujer a la que tan doloroso le resultaba quererle. ¡Qué tontería! Era una mujer maravillosa, desde luego, pero no había por qué ponerse así.
Un domingo por la mañana, el aire apareció tan primaveral que casi le daba vergüenza respirarlo. Salió a comprar su periódico. Intercambió un par de chistes tópicos con el quiosquero y luego se sentó a comerse el diario en un banco del parque cercano bañado por un concierto de piopíos. Pasó las páginas y encontró lo normal: nuevas guerras, nuevos casos de corrupción, más declaraciones hipócritas de políticos lamentables… Leer sobre deportes era algo que no se permitía… Lo demás se lo tragó al completo. Quedó mareado de tanto leer al sol. Después, apoyó los codos en el borde del respaldo de su banco y alargó las piernas para relajarse mejor bajo el calor del sol. Junto a él había unos magníficos chopos, unos castaños, unas yedras muy frondosas… Todo muy verde y muy bonito… ¡Y poco más!
Aquel domingo no tenía interés ni en escuchar sus propios pensamientos. Sin embargo, no pudo evitarlo y se dijo algunas cosas. Por ejemplo que a veces presumimos de que ya somos capaces de vivir en soledad y en realidad lo que ocurre es que algo importante se nos ha roto por dentro. También se dio cuenta de que el momento de adquirir el perro se estaba aproximando más rápidamente de lo que esperaba. Aquellas señoras a las que iba dejando pasar por su vida no eran ella, no eran la mujer de los ojos azules.
De pronto, al pensar en el perro recordó esa cara triste que tienen algunos de aquellos animales. Mientras se fijaba en los árboles sintió que tenía mirada de un mastín solitario. Se hizo un selfy con su teléfono para comprobarlo y lo tuvo claro. Tenía expresión de perro abandonado. Aquella maldita mujer…
Rastreó por internet una canción para ella. Se la mandaría. Buscaba a toda prisa. Perderla era una gran majadería. Acudió a su memoria, buscó décadas atrás, para encontrar una canción que hablase por él. Por fin encontró una de los tiempos en los que en las discotecas se bailaba agarrados. Entonces comprendió que dentro, en un lugar muy profundo, seguía siendo el mismo chaval que escuchaba aquellas canciones, que reía, polemizaba y se enamoraba como un idiota. Hubiera querido llorar en ese momento, como si eso pudiera liberar a aquel muchacho prometedor y apasionado, pero las lágrimas salen solo cuando ellas quieren. Allí, escondido, dentro de mí, estoy yo todavía, esperando durante años a que yo mismo me vaya a buscar. Aún queda mucho de mí en mí, se dijo. Yo te iré a rescatar, voy a rescatarnos, con una mujer extraordinaria.
Pensó en sus mejillas suaves e iluminadas, su corazón precioso, oculto entre dos senos rebosantes y sensibles y recordó también el reclamo de sus muslos. Revivió las cañas que tomaron juntos, su apoyo, las risas… En fin: escribió su correo a la chica de los ojos azules y tras adjuntar el enlace a una cancioncilla, quizás infantilmente empalagosa, «
If you leave me now» de Chicago, 1975, le dijo: por favor, de verdad, quiero que vuelvas. Yo te necesito. Y yo también. Los dos te queremos. Tanto el chico apasionado como el hombre maduro y triste, estamos por ti. Vales la pena. Vuelve. Si tú nos aceptaras a este par de muermos, nosotros estaríamos encantados contigo. Vuelve. Eres nuestra oportunidad de empezar por el principio.
Y al clicar para el envío, cerró los ojos como rezando.
Photo by todo tiempo pasado fue mejor 
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